El Carbunco; entre la luz y la obscuridad


 

El sol se divisa en el horizonte y poco a poco va muriendo. El día como siempre ha sido espectacular, pero ya es hora de prepararse para emprender el camino de regreso, Osmar alista sus cosas y yo hago lo mismo; algo nos detiene. El fuerte mugido de una de las vacas sobresalta a todos, nos apresuramos a ver qué sucede, y encontramos a la vaca en el piso tratando de parir; al parecer tiene dificultades para hacerlo por su cuenta; de inmediato se prepara un poco de agua caliente y algunas mantas. Todos ayudamos, y luego de esperar un poco al fin se puede observar un hermoso becerro en el piso tratando de incorporarse. Esto nos ha retrasado algunas horas; una vez tranquilos, emocionados, y después de haber disfrutado de una deliciosa merienda, partimos; nuestro abuelo se ofrece a acompañarnos, nosotros aceptamos gustosos, pues es agradable caminar junto a él, escuchando esas grandiosas historias que suele contarnos; hemos salido muy tarde, por suerte es luna llena y el cielo está despejado; así en medio de la noche vamos avanzando desde nuestro querido Añaco, por ese camino que sube a Santiago.

Nuestro abuelo hoy está un poco callado, algo le incomoda; pues lo único que viene diciendo es avancen rápido, que no nos gane la mala hora. Después de caminar un poco, vemos como el grandioso cerro Campanas, se levanta ante nosotros; silencioso, enigmático, testigo de mil leyendas y misterios que comparte con el imponente Wakapongo, su eterno compañero; grandes atalayas que como dos guardianes permanecen vigilantes y protectores; con esa mirada escrutadora e inquisitiva hacia el pueblo de Santiago de Chuco.

La luna ya en todo su esplendor junto a un montón de estrellas, ilumina la silenciosa y fría noche; podemos ver con gran inmensidad un rostro muy familiar, pues el cerro Campanas entre sombras y reflejos forma el rostro de César Vallejo. Habíamos llegado a donde “apartan los caminos” y de repente algo nos detiene; el frío penetra nuestros cuerpos como miles de agujas; es medianoche, la neblina comienza a cubrir con su inmensa manta blanca todo a nuestro alrededor. Nuestro abuelo cogiendo su checo y chacchando su coca entra en un estado de divagación, sus pensamientos lo invaden, como a un enérgico amauta; y de pronto rompe el silencio, apuntando su dedo hacia el Patarata

— Por allí anda el Carbunco

Se ha escuchado la palabra Carbunco, nosotros giramos la mirada hacia el río, y podemos oír el sonido del agua que golpea las rocas; pero nuestro abuelo empieza a caminar, nosotros le seguimos…

— Hará ya muchos años, cuando me dirigía a Namogal con mi pollino y mis dos perros. Luego de haber cruzado el Patarata, ya era de noche y desde la loma, escuche algo extraño, sentí que me seguían, di vuelta y lo vi; a primera vista era una simple luz que relampagueaba en el río, nada de importancia, tal vez alguien con una linterna.

En eso una sonrisa siniestra desfigura su rostro, nosotros palidecemos; la historia nos invade…

— Fue entonces cuando la luz empezó avanzar y en pocos minutos desapareció, entonces seguí mi camino, pero que sorpresa fue cuando el burro no quería avanzar y los perros retrocedieron, comenzando a aullar. En un abrir y cerrar de ojos apareció delante de mí, cerrándome el paso; era negro como la noche misma, orejas bien largas y una estrella en su frente; “a brillar de estrella”, me atrevería a decir que era la misma luz de “Ešquioc”. Mis fieles perros no lograban ahuyentarlo con sus ladridos; este ser infundía miedo a quién lo viese, no le temía a nada. Mi cuerpo se estremeció, no podía moverme, tampoco gritar. En eso se me vino a la mente lo que me contaba mi taita; eran estos los momentos en donde el alma lucha y la vida está en juego…

Su cuerpo se vigoriza y una ligera sonrisa nos devuelve la calma, no nos detenemos; ya hemos pasado “la cruz”, seguimos escuchando…

— Y recordé que si alguien lo cogía se haría rico; fue cuando tomé valor. Aparecieron fuerzas de donde no las había, cogí la waska (soga) del burro y me prepare a golpearle, fue allí donde desapareció, se hizo humo, lo busqué por un buen rato, pero no lo encontré; mi alma había vencido ese encuentro y era más fuerte. Mi mamita decía que el carbunco es un ser maligno que sale a llevar a las almas en algún entierro.

La niebla empieza a disiparse, avanzamos un poco más, y ya podemos ver las luces del pueblo, falta poco para llegar a nuestro Santiago de Chuco

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Acerca de Edward Prince Lion
Soy un hijo más de esta grandiosa tierra, tierra de grandes forjadores, tierra llena de encanto y belleza natural, con un gran pasado histórico.

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